miércoles, 10 de febrero de 2016

"El Crack" (1981). Garci - Perspectivas urbanas





"El Crack" (1981). José Luis Garci
Perspectivas urbanas

Francisco Huertas Hernández
Alicante (España)



"El Crack" (1981). José Luis Garci
Cartel original español






 "El Crack" es un filme noir de un realizador blanco. "Blanco" en su falta de color, de intensidad y de contraste. O sea, un cineasta dulzón y exangüe, del que, curiosamente, esta película me gusta mucho.



"El Crack" (1981). José Luis Garci
Germán Areta interpretado por un gran Alfredo Landa



 Hablar de "El Crack" es hablar de un cine que se vuelve hacia el cine -el americano, en exclusiva- para rendirle homenaje. A diferencia de bodrios como "Sesión continua" de 1984, ésta tiene un encanto de pastiche adobado por la atmósfera de la transición española, que es el "zeitgeist" que la hace especial. Y Landa, claro. Dicen que en este largometraje el actor de la "españolada" se hizo actor. No sé. Pero, en todo caso, cambió de registro. No es un papel sublime como el de "Los santos inocentes", el Paco el "Bajo", pero rompe el estereotipo de celtibérico casposo achaparrado y reprimido sexualmente.

 Se ha escrito poco de este filme, pero existe un libro homenaje llamado "Adictos a El Crack", colectivo, editado por Notorious Ediciones, que presenta unos cuantos artículos de amigos y seguidores del cineasta madrileño.



"El Crack" (1981). José Luis Garci
Alfredo Landa es Areta




 Escribe, en esta obra, Eduardo Torres-Dulce que "El Crack" propone tres películas entrelazadas.
 La primera es un film noir, y lo compara con Truffaut, con el que Garci tiene tanta afinidad. Este cine negro es un horizonte, nunca una frontera. 
 La segunda película que habita en "El Crack" es un melodrama de intensidad emocional distanciada, al revés de Sirk o Borzage, "bien por el pudor de no mostrar las heridas, como sucede con la relación entre Areta (Alfredo Landa) y Carmen (María Casanova)" que habría que entender como una coda a  los restos del naufragio de la pareja de "Asignatura pendiente" -otra película que me gusta, más como reflejo del "zeitgeist" que por sus inanes diálogos o su meliflua candidez so capa de crítica del franquismo-.
 Una tercera obra incrustada en "El Crack" es -y, desde mi punto de vista, lo que mejor resiste el paso del tiempo, que tanto daño hace a la filmografía de Garci- un documental sobre Madrid en forma de crónica, visto por los ojos de Areta -ese Philip Marlowe castizo-, "una ciudad gris, con las fachadas mordidas por el tiempo y el descuido, con una niebla de melancolía prendida en el paso del tiempo otoñal, un tiempo histórico, justo cuando acababa el primer acto de la Transición y empezaba el "felipismo"".

 Dice Torres-Dulce que, con este filme, Garci se inscribe en el género de creadores del noir que es la producción de universos (no de personajes y estilo; ni del perfume de las situaciones). Germán Areta ve el mundo, un mundo lleno de silencios, de miradas, de pocas palabras, ternuras ocultas, y todo en un universo urbano desnudo, con su eje en la Gran Vía madrileña -tan americana- que es la columna vertebral de la película.


"El Crack" (1981). José Luis Garci
En el bar. Un universo urbano, madrileño



 "El Crack" contiene todos los elementos del género: el detective taciturno, solitario, reflexivo, estoico, sentimentalmente contenido. Un hombre de Madrid, pero de ningún lado, al que encargan encontrar a una chica, Isabel Medina. Y, entonces, aparece todo el perfume de la corrupción, especialmente al llegar a Mimí de Torres (Mayrata O'Wisiedo), una madame de lujo.


"El Crack" (1981). José Luis Garci
El comisario (José Bódalo)




 Un comisario (José Bódalo), un ex policía apodado el Guapo (Manuel Tejada), todos advierten a Areta para que abandone la investigación. Está tocando el hueso de la corrupción de instituciones poderosas.
 Pero Areta es fiel a sus principios, terco, y continúa sus pesquisas. Los secundarios que le rodean son inolvidables: el Moro (Miguel Rellán), Rocky (Manuel Lorenzo). Ellos, quizás, le comunican la esperanza en un mundo donde los débiles son pisoteados por un poder ciego y brutal.

 Pero "El Crack" es también melodrama -¿y qué película de Garci no lo tiene encerrado?-. En este filme es un melodrama de equilibrio, de silencio antiguo. La relación de Areta con Carmen y su hija presenta ese melodrama hilvanado y latente. 
 El cine negro siempre tiene en el pasado un elemento importante, al igual que el melodrama: Areta es ese héroe sin pasado, venido de una bruma que le ha hecho taciturno.

 Y "El Crack" es el mapa de una ciudad olvidada, la crónica o documental de un tiempo: es el Madrid de 1980, fotografiado por Manuel Rojas con su luz melancólica entre las luces de neón. Garci recrea una Gran Vía a lo Manhattan. 
 Y los edificios enmarcan con precisión el paisaje: los apartamentos del edificio Royal en la calle López de Hoyos, el edificio del Palacio de la Prensa, en Doctor Cortezo, el Parque del Conde Orgaz, el restaurante de las Torres Blancas, el Frontón Madrid... Garci es un director de paisaje urbano.

 Y "El Crack" es estilo: clasicismo despojado -para sus detractores, inconsistente-. Dice Torres-Dulce que "Garci se ha mostrado siempre como un cineasta de caligrafía clásica". El tempo de este largometraje es el plano fijo y el plano-contraplano, con Garci explorando el rostro de los actores.

 Y uno de los aspectos más discutibles, en mi consideración, es el del doblaje. Todos los actores y el sonido ambiente es de estudio, y produce un efecto de alejamiento inmediato. Garci quería rememorar los doblajes de los cines de la infancia, pero ese artificio que es el cine resiste mal el distanciamiento cuando la coherencia peca de esteticismo sin alma -no es el caso de esta fabulosa película-, y eso lastra toda la obra de Garci, al que el sonido directo quizás hubiera salvado más de una vez.


 En definitiva, estamos ante una obra maestra del cine español, una cinta que pilló inspirado al habitualmente insípido Garci, movido por el inmenso amor -y extraordinaria cinefilia- al cine norteamericano clásico. Una película que me gusta por su eficacia narrativa, sus ambientes madrileños, su "zeitgeist", el personaje de Areta y sus acompañantes, vulnerablemente creíbles. Y para colmo, el filme tiene su desenlace en Manhattan, donde el espectador ve a través de los ojos de Areta los lugares que Rocky rememoraba en una vida más soñada que real. Nunca Madrid y Nueva York quedaron más íntimamente unidas que en este exquisito largometraje. Un inusual pathos recorre el tiempo y el espacio de esta obra que no nos cansamos de contemplar.






Libro: "Adictos a El Crack". Varios autores. Ediciones Notorious. Madrid. 2015





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