lunes, 21 de julio de 2014

Los árboles mueren de pie (1951) de C. Schlieper. Alejandro Rodríguez. Buenos Aires




Los árboles mueren de pie (1951)

Dirección: Carlos Schlieper

Guión:
Alejandro Casona
(Según la obra teatral homónima de Alejandro Casona)



La entrañable conexión con un escritor


Alejandro Rodríguez
Buenos Aires (Argentina)







ELENCO:
Arturo García Buhr
Amalia Sánchez Ariño
Zoe Ducós
Francisco López Silva
José Cibrián
Carlos Enríquez
Federico Mansilla
Elda Dessel
Francisco Pablo Donadío
Hilda Rey
Aurelia Ferrer
Ángel Walk
Susana Campos

EQUIPO:
Dirección: Carlos Schlieper
Guión: Alejandro Casona
Fotografía: Enrique Walfisch
Música: Julián Bautista, con canciones de Isidro Maiztegui (Temas Musicales)
Montaje: José Cañizares
Dirección de arte: Gori Muñoz (Escenografía)
Duración: 86 min - Blanco y Negro
Estreno: 9 de julio de 1951
Estudios San Miguel



 Ésta es una de esas películas argentinas que debo haber visto no menos de 5 veces. A ciencia cierta, no logro descifrar por qué razón cada vez que la miro (desde mis épocas de adolescente hasta el presente), le encuentro tan dulce fascinación y vuelvo a emocionarme con la historia toda, sus personajes y la representación de sus adorables actores. Inolvidables Arturo García Burh, Amalia Sánchez Ariño y Pepe Cibrián fundamentalmente. Los tres, íconos de un pasado teatral y cinematográfico argentino que causa inmensa emoción.




La abuela (Amalia Sánchez Ariño) y el nieto descarriado (José Cibrián) durante la fuerte escena del reencuentro. “¡Cobarde, cobarde!”, terminará gritándole.




 Pero además, en absoluto se puede aquí soslayar la presencia viva de un delicioso escritor español, que vino a la Argentina con todo su talento y extrema sencillez y la dulzura de sus magníficas obras, sobre todo las teatrales, que fueron todas tremendos éxitos de taquilla y que, aún hoy, aunque fuera ya del círculo comercial porteño, se continúan representando en el teatro vocacional o amateur. 



Arturo García Buhr


Zoe Ducós




 Inolvidable el asturiano Alejandro Rodríguez Álvarez, conocido como Alejandro Casona, inolvidables “La dama del alba”, “La tercera palabra”, “Prohibido suicidarse en primavera”, “Siete gritos en el mar”, “La barca sin pescador” y muchas más.



Alejandro Rodríguez Álvarez, conocido como Alejandro Casona, o también "El Solitario" (Besullo - Cangas del Narcea, Asturias, 23 de marzo de 1903 - Madrid, 17 de septiembre de 1965) fue un dramaturgo y maestro español de la Generación del 27. Autor personal, con una lectura mágica del "teatro poético" surgido del modernismo de Rubén Darío. Su producción dramática guarda cierto paralelismo con la de Federico García Lorca, si bien su poética tiene el regusto amargo de la supervivencia. En sus propias palabras: “Tenía que escribir el teatro del amor, del odio, de la venganza (...) Se me puede acusar, con razón, de estar desligado del dato contingente, pero no del hombre”





 Casona nos lleva por su origen español y su obra llena de toques referentes a su tierra natal a las imágenes de un lugar y sus costumbres, la España de los ancestros, a elaborar desde muchas de sus obras de teatro, una extraña conexión autor-lector o espectador, con esas costumbres relatadas. Es una comunión que aflora desde la apreciación, gusto y emociones y que quizás estará guardada en algún tipo de memoria genética propia, porque no fue mucho lo que, por ejemplo, mi abuelo asturiano, venido a los 16 años a ésta que terminó siendo su tierra, su gente y su país, me contó de su Asturias, su familia, su casa, su niñez y jamás se interesó en querer demostrarme algún desarraigo (que intuyo debió existir, y muy, muy profundo) Sin embargo algo debió haber, tantos años, hasta que en 1966 y 1967 pudo regresar a su tierra natal de visita, después de, al parecer, alguna amnistía franquista (según creo escapó de la guerra de África que se veía venir y convertido en desertor, terminó tiempo antes del hecho traído a Buenos Aires por su tía, la esposa de Rosendo Martínez, socio en las famosas galerías Witcomb de Buenos Aires) Así fue que pudo volver, al poder tramitar su pasaporte español. Jamás se nacionalizó argentino, lo que hubiese sido meramente un trámite. Toda una historia, como las que existirán particulares, en tantos miles de españoles que vinieron a mi América y sembraron semilla.



Los árboles mueren de pie de Alejandro Casona. Edición de 1950, un año después de su estreno en el Teatro Ateneo de Buenos Aires




 ¿Por qué todo este relato? Simple: pretende ser introductorio al cúmulo de sensaciones que se generan a partir de la recepción de esta película que va más allá de ella misma, y se conexionan en forma profunda con el autor, los recuerdos, los orígenes, la familia, los afectos. Es que el estilo “Casona está marcado en ella, es imposible no reconocerlo, tiene mucho más que su sello, y desde ahí ¡surge todo lo demás! deliciosamente enmarañado con el amor, en definitiva.




 Alejandro Casona la adaptó genialmente para el cine. Creo que como guionista fue tan maestro como dramaturgo y poeta. Y ver por primera vez esta película hace ya muchos años, me motivó a comprar muchos libros de su prolífera obra y seguirlo en cuanta representación teatral hubiese disponible en el teatro vocacional argentino.

No es posible dejar de mencionar a un grande del cine argentino en su labor escenográfica en este film, por su extensa y reconocida labor como escenógrafo: Gori Muñoz.

Gori Muñoz (Gregorio Muñoz Montoro) fue escenógrafo y pintor y nació en Benicalap, Valencia, España, el 26 de julio de 1906 y falleció en Buenos Aires, Argentina, el 23 de agosto de 1978 luego de una extensa carrera artística durante la cual participó en numerosas películas.



El escenógrafo Gori Muñoz (izquierda) con Salvador Valverde.
(Entre su inmensa producción realizó decorados y vestuarios de algunas de las comedias de Valverde)




 Pero el film tiene además esa ternura de una historia que comienza alocada, con todos esos actores-simuladores pertenecientes a una organización que pretende sembrar felicidad inspirada en el recurrente Doctor Ariel de Casona, y empiezan a desfilar mostrando sus acciones en pos de ello.

 Hay una historia de amor que se anticipa, en principio un matrimonio falso y un nieto adorable, actores contratados para mentirle la realidad a una abuela convencida durante años por su esposo de la proba vida de su único nieto en Canadá, una mala persona que echaron de la casa en un pasado y que le mienten terminó encarrilado y vive en aquel país.

 La historia comienza delirante, propio de Casona, pero se concluye muy real entre tanto juego con imposibles y tanta bella fantasía.

 De pronto el regreso del verdadero nieto parece va a acabar con todo ese juego, y la abuela engañada termina engañando a los “engañadores”. Muerta, pero, como un árbol, termina diciéndole a su esposo, pero de pie

 El final… ¡Qué final!, imposible no derramar algunas lágrimas, aún aquí reviviéndolo con una espectacular Amalia Sánchez Ariño, cuando pasando una receta de familia a la falsa esposa de su falso nieto, dice:

¡Me gustaría ver los grandes bosques y los trineos...!
Dos claras batidas a punto de nieve.
Y el día de mañana... cuando tengáis un hijo... ¿Un hijo...?
(Queda como ausente en la promesa lejana. Isabel suelta el lápiz y oculta el rostro contra el brazo. Mauricio le aprieta los hombros en silencio y le devuelve el lápiz.)
Cáscara de naranja amarga, bien macerada... Una corteza de canela en rama para perfumar... Dos gotas de esencia de romero...” (FIN)

¡Por favor, Don Alejandro…,
estás ahí con toda tu maestría y ternura!











Alejandro Rodríguez (Buenos Aires)




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