jueves, 1 de mayo de 2014

“VERTIGO” DE ALFRED HITCHCOCK. Epígrafe: “Vértigo (1958) La imperfección necesaria” en el capítulo “Alfred Hitchcock: Grandes mansiones e historias de amor” del libro “DE CINE” de EUGENIO TRÍAS



VERTIGO” DE ALFRED HITCHCOCK

 Epígrafe: “Vértigo (1958) La imperfección necesaria” en el capítulo “Alfred Hitchcock: Grandes mansiones e historias de amor”,

 del libro “DE CINE” de EUGENIO TRÍAS. Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores. Barcelona. 2013






  Sigo creyendo que Vértigo es la mayor obra de arte que creó Alfred Hitchcock: la que encierra más verdad, la que se arropa en un velo de Maya de extraordinaria belleza, la que accede al estatuto de gran poema trágico. Es, sobre todo, una sobrecogedora historia de amor; casi una confesión del realizador a su obra, a Galatea, a la matriz femenina de sus amores, a la ewig Weiblichen que nos atrae hacia sí.


La protagonista se desvanece a modo de fantasma. Se encarna, es recreada y resucitada de entre los muertos. Al final es arrastrada por el último tramo de la escalera, mientras Scottie le da la espalda, hasta llegar a lo alto de la torre que fue escenario del crimen desencadenante del relato. Y de nuevo vuelve al infierno, al modo de Eurídice.

 “¡Oh, cuánto te amé, Madeleine!...” exclama Scottie al lograr alzarse hasta la torre, curado ya de la acrofobia, llevando a rastras a una Judy aterrorizada, que le confiesa su complicidad con Gavin Elster. “Fuiste la réplica, la copia; la perfecta aprendiz. Él te adiestraba, te preparaba los escenarios, ensayabais. ¿Qué pasó? ¿Por qué te abandonó? ¡Eras su chica, su amante! ¿Qué te dio a cambio de tu entrega?” “Dinero”, responde Judy. Y Scottie apostilla, desvelando la trama que el espectador ya conoce: “Y también el broche con esmeralda de Carlota Valdés” (la antepasada de Madeleine).

 Scottie, con sus preguntas, indaga acerca de esa historia, sobre la cual también el espectador quisiera tener información. ¿Qué sucedió entre Judy Barton y Gavin Elster? ¿Cuáles fueron las vicisitudes de esa historia en la que se fue preparando el crimen que tenía el vértigo del detective su siniestra coartada?. Pero un denso “fuera de campo” cubre con velo acusmático ese relato. Nada se sabe de esa trama, de los amores, o temores, que se produjeron en esa relación, toda ella marcada por la compra de una identidad fabulada, por la interpretación de Judy Barton, por el guión y la puesta en escena de un elíptico Gavin Elster (doble del propio realizador del film), por las dotes de gran artista que en esa farsa simulada pueden atribuírsele, por el carácter fraudulento de la sucesión de imágenes que se le da a ver a Scottie, y por la extremada belleza poética de esas imágenes.




La parte más falsificada, toda la primera mitad de la cinta, con la silenciosa persecución en automóvil hasta llegar al encuentro de los dos, hasta la escena de las secuoyas y de la Misión de San Juan Bautista, constituye uno de los repertorios filmados más sugestivos, más hermosos, más líricos de la historia del cine. ¡Y sin embargo todo es una falsificación! Falsedad, mentira, belleza parecen convalidar en esta inmensa película las tesis estéticas y ontológicas de Nietsche sobre el arte.

 Todo es extraordinario y está envuelto en una música embrujada, quizás la más hermosa partitura de Bernard Herrmann para el cine, con motivos de la cantera romántica del Tristán, con ritmo de habaneras que sugiere el ambiente español de las misiones (Dolores y Juan Bautista), con lastimeros acentos del adagio final, “Adagio Lamentoso”, de la Sinfonía Patética de Chaikovsky, o del Vals triste de Sibelius, y con un inconfundible pasaje -ya al final de la película- de una gran idea musical del tercer movimiento de la Quinta sinfonía de Chaikovsky.





Vértigo (1958) La imperfección necesaria” en el capítulo “Alfred Hitchcock: Grandes mansiones e historias de amor” del libro “DE CINE” de EUGENIO TRÍAS. Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores. Barcelona. 2013


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